-mi cabeza...- susurré mirando a la luna a través de la redonda ventana con barrotes en forma de cruz.
-la tienes sobre los hombros- contestó una firme voz familiar a mis espaldas.
Ahi estaba de nuevo, mi diablo de la guarda, escuchando mis pensamientos, leyendo mis reflexiones y hablando a través de sus ojos sobre mis ilusiones. Era ella la que me enseñó a volar, la que puso el amarillo farol en el camino y me demostró que había más allá de los oscuros arboles que nublaban mi mente.
-¿por qué has vuelto aquí arriba?- preguntó extrañada.
-sabes que es una adicción este lugar-
-pero no entiendo porque te escondes otra vez- dijo recogiendo algunos papeles del suelo -fijate, eres un caos, se te han manchado de tinta- sacudió las hojas y cayeron gotas negras que se mezclaron con las motas de polvo -y yo creo que no lo estoy arreglando- reí.
-no me escondo- me acerqué y con cuidado cogí las hojas manchadas.
-¿entonces porque has vuelto al escondite?-
Vi mi reflejo, miré sus ojos y estos me devolvieron la mirada, vi mi alma, llena y ordenada, el diablo se acercó y brillaron mis lágrimas, fue entonces cuando realmente comprendí, existía una imagen, un aspecto, un diseño del alma, mi voz tenía sonido, sus ojos eran el reflejo de los mios, los latidos al compás del tiempo de nuevo me devolvían tranquilidad y pasarían eternamente las horas junto a ese ángel encerrado en cuerpo mefistofélico, que bien sabía, adoraba mis locuras.
-olvide como se hablaba...- susurré tapando su boca -...como se escuchaba...- llevé mis manos a sus orejas -...y ciega me quedé-dije ocultando sus ojos.
-¡pero creciste!- exclamó cogiendo mis manos -no necesitas este lugar-
-cuando estaba ciega el ático era oscuro, cuando no escuchaba los libros estaban en silencio y mis palabras, oh mis palabras, una tortura que creía me aliviaba-
-sigo sin entenderlo- se llevó la mano a la boca y empezó a morder los dedos.
-¿ves la luz de la luna, la luz de las velas, la iluminación de este lugar?-
-si-
-¿escuchas las hojas de los libros?-
-si...- arrastró la afirmación algo incrédula mirando a su alrededor, supo que no era la única que pisaba el escondite.
-¿estás atenta a mis palabras?-
-¡claro!-gritó. -¡pero todo esto ya lo sabía!-
-yo lo acabo de descubrir- sonreí.
Es un lugar apartado, oculto y desconocido, que guarda bajo una niebla de misterio palabras que de mi boca no suelen salir, es mi escondite, un espacio inexistente que custodia secretos, una habitación de cinco paredes repleta de libros desgastados, a la que mi mente suele ir, porque todos necesitamos un punto de mágica incoherencia para poder sobrevivir.