Por un instante olvido donde me encuentro, digo todo lo que pienso sin pensar en lo que digo, mi mente... todo desaparece, la nada, el éxtasis, la perdida absoluta de todo el conocimiento. Para milésimas de segundo más tarde, volver a la cruda realidad en la que me pierdo.
Eran esos instantes de gloria que tu cerebro recibía, donde nadie molestaba, hablaba, cuchicheaba, reía, lloraba, donde nadie entraba en tu vida. Era el ruido que desprendía el grafito, o los movimientos de la mano al compás del tiempo, o quizá el rastro que dejaba tras su paso... quién sabe lo que me hipnotizó dibujar aspirando a rozar la mano de la perfección.
Quien no se pregunta qué fue lo que me empujó a invertir en un infantil sueño, un deseo inalcanzable, una idea de fantasía, un capricho... así fue como lo llamasteis. ¿os lo seguís preguntando? Jugué a intentar ser dios, como llaman los cristianos. El grafito sería tinta, mi mano se fundiría con una máquina, las líneas aparecerían en la piel, dentro de ella, no podría rectificar, no existía el margen de error, la mente domina el cuerpo, el cerebro domina la mano y un dibujo para siempre llevaría tu esencia en miles de gentes.
Los instantes de gloria anhelados hacía largos meses, el ruido de grafito cerca de lo insoportable, los golpes de colores en lienzos en blanco... todo ha vuelto a su cauce ahora cantando diferente. El ruido es sutil, los movimientos a su compás dejan a su paso rastros eternos. ¿la llevo yo a ella o es ella la que me lleva a mí? Era una máquina, un trozo de hierro encajado por pequeñas piezas metálicas que se convertía en mi puente al olvido momentáneo.
Y fue ahí, en la primera hora de madrugada, donde agarré la plumilla, cuyo rastro me recordaba a la máquina y su manejo al grafito, la mojé en la tinta y en mi antebrazo escribí: "Vixi discrepo audeo"
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