Estaba oscuro, vacío, me encontraba en una estación olvidada de la mano del mundo, donde el único sonido perceptible era el susurro del viento y el movimiento del minutero del enorme reloj que había en la sala de espera.
Me encontraba totalmente sola, ni siquiera estaba la ventanilla de la compra de billetes abierta. Faltaba una hora para que llegara el tren, que por causalidad me llevaría a casa.
Soledad, pensamientos, un cuaderno, un boligrafo al que se le acababa la tinta, un paquete de tabaco, sin mechero y conversaciones de hacía unas horas cuando los rayos de sol no habían salido golpeando mi cabeza.
Recordé a esa mujer, de pelo descuidado, ojos ilusionados, sincera, sensata y coherente, amante del conocimiento y ansiosa de encontrarse. Me sorprendió su mente, ella había conseguido tirar sus bloqueos, las barreras, se montó en el barco del misterio y ahora navega por el río buscando su camino.
Y allí, mientras esa persona me hablaba sobre sus inquietudes, mi cabeza pensaba cual era la razón de mis bloqueos, porque no podía seguir, porque me negaba a evolucionar... y entre frases y letras, leí: miedo.
Un recuerdo llevó al siguiente, una conversación de boca de una desconocida llevó a pensar, medité durante horas, las suficientes para querer explotar mi cabeza... y recordé que la noche me llevó a buscar de nuevo, esa insensata cabeza similar a la que esconde mi cráneo, que en un arrebato encerré entre cuatro paredes de un baño. Siento haberte hecho llorar.
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