lunes, 27 de febrero de 2012

Diario del arte

Nota mental: terapia de choque efectiva.

Empieza en el estómago, es como una punzada, te deja durante un instante paralizado, después sube hacia los pulmones, inchandolos de pánico y ego, entonces cierras los ojos porque realmente te duele, realmente sientes como ese pinchazo te llega hasta el corazón, y es ahí cuando no lo soportas, cuando la presión hace que se erosione, que se parta en mil pedazos, sangras y tus gotas vuelven a caer al estómago, te encojes, aprietas más los ojos porque cada centímentro de tu cuerpo te esta pidiendo que llores, con las manos en la cabeza sientes como se pasea por tus mejillas la impotencia, el agotamiento, la renuncia a la suerte y la apatia hacia la esperanza.

Pero todo esto solo lo veo yo, ocurre en un plano paralelo, lejos del reflejo de la realidad, lejos de lo que los demás pueden percibir. El silencio de las lágrimas a las que pongo una sonrisa, el secreto del secreto que me carcome viendo como un restaurador intenta curar una valiosa escultura de mármol agrietada con cinta aislante, descubriendo como el aficionado reparador ve arregladas las roturas de su estatua y se lleva la mejor parte.

Tan solo soy dibujante, no pretendo ser el restaurador que cura las heridas, ni un insensato artista que no sabe los materiales que utiliza. Con una escultura rajada desde el interior poco puedes hacer, más que esperar a que explote en mi pedazos, no quiero arreglarla, no quiero embellecerla o recomponerla para que siga atrapada encima de una tarima posando para nuevos artistas, no deseo una prisión. Estoy buscando la forma de darle vida, estoy analizando, observando, esperando a que rompa la piedra.

Y veo como el duro alabastro brilla cuando mis lápices la plasman en las hojas amarillas, observo como las grietas cambian de dirección, unas desaparecen, otras aparecen, esta buscando una salida, por eso sonrío, porque ahí está, creación de algún desconocido, la valiosa escultura tallada en mármol que desea que no sean las manos del restaurador las que acaricien su piel fría.

¿Cuanto me queda? Lo ignoro ¿Cuanto podré aguantar dibujándola? Lo ignoro ¿Echará a volar dejando los lápices en mis manos cuando sea libre? ¡Lo ignoro! Desconozco lo que puede pasar de hoy para mañana, de mañana hasta el fin, me desentiendo de los planes. Ser dibujantes tiene una pega, no es la cabeza la que elige a la estatua, sino el estomago el que nos da las punzadas para que las manos se muevan y funcione nuestra alma.
 

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